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Si ahora mismo salgo a la calle, con toda seguridad no tendré que esperar nada para cruzarme con un inmigrante. Seguro que no fue él o ella quien tomó la decisión de cruzar el Atlántico, era muy pequeño o pequeña por entonces. Sus cabellos, si los tiene, serán canos y si es una mujer es probable que esté vestida de negro. Tendrá los ojos pardos y cansados igual que las manos encallecidas por el trabajo de toda una vida. También tendrá una casa propia (asunto difícil hoy en día) y mi respeto.
Es muy probable que tengan una estatura más baja que la mía y no porque yo sea particularmente alto. La locución será gayega (léase "gashega") o tana pero expresará vocablos bien argentinos y criticará al gobierno, igual que todos.
Ya no vienen españoles ni italianos a la Argentina. Los que quedan pertenecen a la ola inmigratoria de posguerra. Sin embargo, otras guerras más silenciosas han tenido lugar en este cono sur y el país ha recibido nuevas tandas de inmigrantes. Pero esta vez el país no tiene mucho que ofrecer.
Tratamos a bolivianos, paraguayos y ecuatorianos como si fuesen seres inferiores y recurrimos a eufemismos tales como "ilegal" para ocultar nuestra propia intolerancia.
Ilegal, por Diego Dana
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